Desde luego que los recuerdos de hace treinta años pueden estar todos falseados por mi mente. En verano estando yo muy delgado con mi camiseta color mercromina y los pantalones azules cortos de algodón y mis Nike. Muchos días de verano de esta guisa saliendo a pasear muy de mañana por la urbanización del pueblo costero de verano porque todavía tenías los horarios del instituto y te habías acostumbrado a levantarte pronto. Son recuerdos de cuando yo era un chico que tenía menos de veinte años y me sentía el gran genio de mi generación, el poeta de España. Salía de casa un fuera de serie, una persona excepcional, un hombre joven que estaba por encima del resto y que iba a cambiar el destino de la humanidad y que iba a entrar en la historia de la literatura por la puerta grande. La verdad es que ahora pienso que la felicidad es vivir una ficción, la felicidad es creerse superior a todo el mundo y que los demás comparados contigo no valen nada. La felicidad es estar por encima de todo el mundo y no sólo ver a los demás como inferiores sino encima verles como un público de admiradores asombrados ante el genio descomunal que tú eres. Esa idea de estar destinado a hacer grandes cosas y por supuesto teniendo una inteligencia excepcional y una clase que te mueres y una elegancia y un saber estar fuera de toda duda. Mucho tiempo durante mi juventud pensaba que pertenecía a una élite de elegidos y que incluso Dios también me había escogido a mí para dirigir los pasos de una humanidad contrita porque si lo primero era ser un genio y un gran escritor, lo siguiente era convertirme en un líder mundial cuya más insignificante opinión cambiara el destino de las naciones.
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